lunes, 13 de febrero de 2012

Día 108/365


Hoy me apetecía retomar mis paseos por el Raval, la parte antigua de la ciudad, me apetecía sentir la tranquilidad que todavía se respira por muchas de sus calles, sobre todo en las más estrechas y apartadas. Es justo el hecho de que sus calles son estrechas y no permiten la circulación de vehículos o que pueda aparcarse en ellas lo que hace que disfruten de esa tranquilidad, de ese sosiego.

Ha sido el de hoy un paseo reposado, de observación minuciosa del entorno, de los detalles de las casas, de sus fachadas, puertas, ventanas, de los elementos que dan personalidad a las casas y pié a imaginar la clase de personas que las habitaron cuando se construyeron y de quienes las habitan actualmente.

Las viviendas, en su práctica totalidad, mantienen su estructura original, sus fachadas, aunque se observa que muchas de ellas han visto reformado su interior para adaptarlo a los gustos y necesidades de sus actuales inquilinos.

De estas viviendas lo primero que observa uno es precisamente la puerta de acceso. Son una primera muestra del estatus de quienes las construyeron y habitaron. La mayoría presentan dos hojas de madera que se abrían para permitir el acceso de los carros y animales a su interior, contando una de ellas con una puerta de acceso para las personas, de modo que no fuera necesario abrir todo el portal para entrar en la casa. Pero varían en el nivel de acabados. Unas son simples, sin ningún tipo de adorno ni floritura; otras, en cambio, muestras elaborados dibujos en ambas hojas, algunas recubiertas por láminas metálicas que, a su vez, se adornan con repujados.

La cerradura. El ojo de la cerradura. De mil y una formas; unas sencillas, como las puertas que abrían o abren; otras de extrañas formas que seguro complicaban sobremanera su fabricación y la de las llaves que habían de acoger para permitir el acceso a sus moradores.

Y han sido las cerraduras uno de los objetivos de mi observación. Las primigenias están todas ellas en desuso; se puede ver que hace muchos años que no se han utilizado, que han sido reemplazadas por cerraduras de seguridad, por llaves de puntos o del tipo de caja de caudales. Cerraduras que ya no permiten atisbar a través de ellas qué sucede en el interior de la casa. Se acabaron los mirones. Ya no tienen sentido aquellas máscaras que se utilizaban para simular que se atisbaba a través de una cerradura lo que sucedía dentro de una habitación.

Y se acabaron también aquellas llaves grandes y pesadas, llaves que servían para abrir puertas y, en caso de necesidad, como arma de defensa o ataque. También, según dicen los mayores, para quitar orzuelos de los ojos.

Título de la fotografía: Cerraduras. Dos mejor que una.

5 comentarios:

  1. Un viejo refrán popular decía que el ojo siempre terminaba por mirar a través de una cerradura. Era imposible pasar si mirar. Yo hubiera caído en la tentación si en mis paseos por el Raval hubiese descubierto este detalle.
    Un abrazo

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  2. Dos cerraduras en compañía y con una disposición lograda por el fotógrafo que da un equilibrio fantástico a la imagen.
    Una de esas fotos que solo ve aquel que va atento a lo que aparentemente sin interés está ahí para contar su historia.
    Un abrazo

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  3. Curioso juego de cerraduras, me recuerdan a los símbolos de los baños de los bares, jeje.

    Bien vista, Andrés.

    Un abrazo.

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  4. Caray que bueno. Mira que me suelo fijar en las puertas que son una de mi debilidad, pero no había caído en los detalles de las cerraduras. A partir de ahora no se me pasarán te lo aseguro. Que buenas ese par.
    Un abrazo Andrés.

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  5. Es magnífica amigo...solamente digo eso...me llega ...
    Un abrazo.

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