martes, 7 de febrero de 2012

Día 102/365


Seguimos con un fuerte viento que hace que la sensación térmica sea de temperaturas más frías de lo que realmente son. Se nota que estamos en pleno invierno. Afortunadamente ha lucido el sol, aunque por la tarde se han visto nubes que parecían estar disputando un rally por el cielo azul, porque hay que ver con qué rapidez se movían.

Y una vez dado a conocer el parte meteorológico del día, vamos con otras cuestiones relacionadas directamente con el frío, el viento y la sensación térmica.

Voy a contar una batallita de cuando era más joven, como hacen nuestros mayores que se acuerdan perfectamente de lo que hicieron cuando estaban en el servicio militar a pesar de que recuerdan con dificultad qué han comido.

Recuerdo la primera vez que fui a la concentración motorista invernal internacional más numerosa del mundo, o al menos eso dicen sus organizadores, es decir a Pingüinos, en Valladolid, el fin de semana siguiente al de Reyes, es decir en pleno invierno. Aquella fue una edición especialmente dura por las condiciones climatológicas, pues la temperatura estuvo todos los días que duró la concentración bajo cero. La niebla lo cubría todo como una sábana blanca e imposibilitaba ver nada más allá de 10 metros, como mucho, pero eso no fue impedimento para que acudiéramos más de 21.000 motoristas, un récord de asistencia.

Conseguí convencer a otros dos moteros para ir a la concentración con un grupo de gente con la que contacté a través de internet, y a la que no conocía de nada. Uno de ellos iba con su novia, los dos sobre una Yamaha R1, y a la pobre, cuando paramos a almorzar, la tuvimos que enfundar en un impermeable y sellar los puños de las mangas y los bajos del pantalón con cinta americana para que no entrase el aire porque estaba prácticamente congelada. Pero... a quién se le ocurre hacer semejante viaje de paquete y en una moto como esa. Hay que tener en cuenta que son unos 650 km del tirón, parando sólo para repostar y almorzar.

Bueno, pues en cuanto pasamos el túnel de Guadarrama, unos pocos kilómetros después, apareció la niebla. Fue como si hubiéramos atravesado una cortina y entrado en algún lugar oscuro, la temperatura bajó en un momento de tal forma que pronto empezó a congelarse la humedad de la niebla sobre la chaqueta y la visera del casco, dificultando mucho la visibilidad, lo que no fue razón para que disminuyésemos la velocidad, sino que seguimos tal y como íbamos a pesar de ver mucho menos (una verdadera imprudencia que hoy no repetiría, palabra de señor más mayor y con más sentido común, o quizá sólo más mayor).

Si dura fue la ida peor fue la vuelta. No sé si sería porque al ir hacia Valladolid todavía llevaba almacenado calor en mi cuerpo y por eso no noté tanto el frío, pero lo cierto es que la vuelta fue terrorífica. Al parecer las reservas de calor se me habían agotado durante los días de concentración, ya que no vimos la luz del sol ni un sólo minuto durante esos días, y la vuelta, con más niebla y más frío, este último acentuado por la velocidad de la moto, hicieron que me quedase tieso. Y esta palabra describe exactamente y de forma literal cómo estaba cuando paramos en el peaje de la AP-6.

Bajarme de la moto fue un número, las piernas entumecidas, los pies no los sentía y casi no podía quitarme los guantes de heladas que tenía las manos, hasta el punto de que no podía ni frenar. Mis manos parecían las patas de un pajarito muerto, agarrotadas, sin poder extender los dedos. Si en ese momento alguien hubiera intentado ponerme los dedos rectos estoy convencido de que se me hubieran roto y caído sobre el asfalto. Sí, ya sé que quizá estoy exagerando un poco (que no sólo los pescadores son los que exageran cuando describen el pez que justo se les escapó) pero realmente ese era el aspecto que ofrecían mis manos. Uno de los compañeros con los que iba me dio una bolsita de esas que al abrirlas y agitarlas desprenden calor para que pudiera recuperar la movilidad (Juan, gracias, me salvaste de una más que posible amputación de ambas manos).

Pero a pesar del frío que pasé, de lo que sufrí sobre la moto, lo pasé genial; de hecho, ya he ido 6 veces, sólo he faltado en dos ediciones (una de ellas precisamente este año), de forma que ir a Pingüinos se ha convertido en una tradición motera invernal para mí.

Y esta es la historia. ¿Qué tiene que ver esto con el tiempo que ha hecho hoy y con la foto? Pues nada, excepto que hoy también hace frío, pero me apetecía contar la historia. Y que conste que sólo he contado, muy resumidos, los viajes de ida y vuelta, que me he guardado el relato de lo que hicimos por allí porque eso es... secreto de sumario.

Título de la fotografía: Farola en un cielo nuboso.

1 comentario:

  1. Que bueno Andrés. Se perfectamente de lo que hablas. A uno le toco hacer el servicio militar en Valladolid. Imagina el panorama. un 15 de enero ( por ejemplo ) en un pinar de las afueras de Valladolid, que no recuerdo su nombre, haciendo prácticas de conducción de camión, que eso se traduce en 10 minutos sentado en la cabina y 4 horas debajo de un pino viendo como cae la escarcha sobre uno. En mi vida he pasado tanto frío. Y ya no hablamos de los pabellones donde dormíamos en León durante el campamento, que no recuerdo si tenía calefacción o no, pero mi recuerdo es el de abrir las sábanas de la cama y la misma sensación que meterse dentro de una nevera a dormir.
    Un abrazo congelado Andrés.

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