jueves, 29 de diciembre de 2011

P.D.: Día 62/365

Se me ha olvidado comentar que me he tomado unos días de vacaciones para disfrutar con mi esposa de este fin de año. Así que desde mañana hasta el próximo día 2 de enero estaré en Albarracín, donde espero hacer muchas fotografías y cumplir con ese compromiso que adquirí conmigo mismo hace ya 62 días, y también con todos aquellos que me siguen, ya sea de forma habitual u ocasionalmente.

Pero ha surgido el problema de subir las fotos diariamente al blog. No sé podré hacerlo aunque me llevo el portátil con la intención de continuar publicando diariamente la entrada correspondiente en este blog; pero si no me fuera posible, quiero hacer constar que cada día seleccionaré una de las fotos y prepararé el texto que haya de acompañarla para publicarlas, para dar cumplida cuenta del compromiso adquirido en cuanto disponga de los medios para su publicación, ya sea en Albarracín o cuando regrese el día 2 a casa.

Así pues, por si no tengo oportunidad más tarde, quiero desearos FELIZ AÑO 2012. Que lo mejor que os haya sucedido este año sea lo peor que os pueda suceder el próximo.

Un abrazo a todos y a todas, a ellas más ;-)

Andrés.


Día 62/365


¿Quién no recuerda aquellos tiempos en los que, para hacer una fotografía utilizando flash, había que utilizar lámparas desechables? Bueno, creo que he hecho una pregunta bastante chorra porque seguro que habrá bastante gente que no habrá conocido ese tipo de flash porque no es de esa época.

Yo sí recuerdo aquella cámara Kodak Instamatic 155X que me regalaron unos amigos cuando apenas era un niño; la estrené en un excursión que hice con ellos a Alicante. Recuerdo las fotos cuadradas que hacía y cómo pronto decidí que la fotografía nocturna no era para mí, bueno más bien para mi bolsillo porque los Magicube que utilizaba (eran cuatro lámparas en un mismo soporte que cada vez que cargabas la cámara para hacer una nueva foto giraba para situar una lámpara nueva al frente) valían un dinero que no podía permitirme gastar.

Después de la Instamatic llegaron una Werlisa Color, una Olympus OM-10, que fue mi primera cámara réflex, y más tarde una Konika FC-1, esta última formando parte de un kit que incluía un objetivo de 50 mm 1.4, un 28 mm 3.5 y un 135 mm 3.5. Recuerdo haber comprado la Olympus a crédito e ir todos los meses a la tienda a pagar la correspondiente cuota; y también que, cuando terminé de pagarla, me compré en la misma tienda y también a crédito un objetivo Tamron 80-210 mm, que más tarde adapté también para la Konika. Después llegó mi primera Canon, la EOS 300, que más pronto que tarde se vio arrinconada por una compacta digital, que a su vez abandoné por una nueva EOS 400D que dio paso a una EOS 40D. Todo esto sin mencionar los cadáveres de compactas analógicas que fueron quedando por el camino a lo largo de los años.

La de carretes que habré expuesto en esta vida... y lo poco que me han aprovechado a la vista de las fotos que sigo haciendo. Terminé comprando latas de película en blanco y negro de 30 metros que, encerrado dentro del armario de una habitación a oscuras, cortaba a la medida correspondiente a un carrete de 36 fotos. Y todos estos carretes después había que revelarlos. Y como ya por entonces algunos vivíamos en permanente crisis económica, pues tuvimos que aprender a revelarlos (otra vez dentro del mismo armario  a oscuras para meter la película en el tanque de revelado) para ahorrarnos unas cuentas pesetas que luego invertimos en una ampliadora con su correspondiente marginador, temporizador, cubetas, pinzas,...

Cómo han cambiado los tiempos. Ahora con una simple tarjeta hacemos tropecientas fotografías que luego analizamos en la pantalla del ordenador para descartar las que no nos gustan o no responden a nuestras expectativas, las que no hemos expuesto correctamente, en fin todas las que no nos interesan por la razón que sea; con el resto podemos hacer casi cualquier cosa pues disponemos del laboratorio digital, estos ordenadores con programas capaces de hacer mil y una virguerías con los que podemos realizar exactamente la imagen que habíamos imaginado al pulsar el disparador, incluso ir todavía un poco más allá, y todo ello sin coste alguno, para después mostrar en la red nuestros trabajos o enviarlas a un laboratorio para que nos saquen las copias que necesitemos.

Sinceramente, echo de menos el olor de los químicos cuando, sentado delante del ordenador, revelo mis negativos digitales, pero no cambiaría absolutamente nada para volver atrás. Las facilidades que la fotografía digital nos proporciona a aquellos que hemos hecho de la fotografía nuestra afición, no tienen comparación con los medios que la fotografía analógica ponía a nuestro alcance y, mucho menos, con el coste que ambas suponen para nuestra economía.

Título de la fotografía: Luz suicida.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Día 61/365


Cada día tengo más claro que el refranero popular recoge verdades como puños. Cuando he salido de casa con la cámara no tenía una idea clara de adonde ir ni qué buscaba; sólo sabía que hoy no me apetecía quedarme a callejear por los mismos lugares de siempre, así que he cogido la moto y ya saliendo del garaje he pensado que podría ser una buena idea irme al Parque Natural del Marjal Oliva-Pego, donde seguro que encontraría motivos que fotografiar.

Me habían comentado que se ha instalado una pasarela que se adentra en el parque desde la que se tienen unas magníficas vistas del entorno, de su vegetación y de la fauna que la habita, así que hacia allí que me he ido pero sin saber por dónde está dicha pasarela. He llegado por una carretera que atraviesa todo el parque y me he encontrado con unas personas que, sentadas en sillas de lona alrededor de un cajón de plástico vuelto del revés, se disponían a dar buena cuenta de unos bocatas que parecía que iban a ayudar a engullir con el contenido de una botella de vino. Me he parado y les he preguntado si sabían el emplazamiento de la pasarela y, como era de esperar que no de desear, la respuesta ha sido negativa. Ellos eran de Valencia, habían venido para pescar y no conocen el parque.

Así que me he decidido a meterme por uno de los caminos de tierra que me he encontrado y que parecía en buenas condiciones para poder circular con la moto. Por supuesto que no he dado con la pasarela pero poco me ha faltado; un poco más tarde y ya pensando que quizá debería dar la vuelta porque el sol empezaba a ponerse, apenas había hecho un par de fotos y el camino, conforme me iba internando, cada vez estaba en peores condiciones, cuando me he cruzado con una patrulla de la policía local que me ha informado que en realidad hay dos pasarelas y una de ellas estaba justo por donde había pasado. Bueno, visto que la luz ya no era la que yo quería he decidido que otro día será el paseo por este sitio y, siguiendo las indicaciones de esa patrulla, he salido del parque.

Me he encaminado hacia Pego; al llegar he aparcado cerca de la plaza del ayuntamiento y he empezado a deambular por las calles y justo me he encontrado con la única de las puertas de la antigua muralla que rodeaba la ciudad. Todavía no se había encendido el alumbrado público y la luz era demasiado escasa para hacer alguna foto medio decente, así que he seguido callejeando hasta que las farolas se han encendido y he vuelto al Portal de Sala (así se denomina la puerta, según he podido ver en un cartel informativo). Apenas había llegado cuando me cruzo con un señor mayor que me saluda y que se encamina apoyándose en su bastón, a través de la puerta, hacia el centro de la ciudad, ofreciéndose la imagen que andaba buscando.

Y vuelvo al principio, al refranero. Me ha venido a la memoria el refrán El hombre propone y Dios dispone. De mi intención de hacer algunas fotos de un paraje natural, de la naturaleza salvaje, he acabado callejeando (lo que no tenía intención de hacer hoy) por una ciudad que no había pensado visitar y fotografiando a un anciano atravesando una de las puertas de una muralla construida hacia el año 1300.

Título de la fotografía: Cruzando la puerta.

martes, 27 de diciembre de 2011

Día 60/365


Creo que quienes vivimos junto al mar, o a muy corta distancia del mismo, aprovechamos cualquier ocasión para acercarnos a él, para contemplarlo y sentirlo. Si tanto la luna como el sol ejercen sus influjos sobre las mareas, el mar ejerce también sobre nosotros una atracción que condiciona de igual forma nuestro estado de ánimo y, consecuentemente, nuestras vidas.

Hoy había quedado con un amigo muy manitas para intentar solucionar un problema con los puños calefactables de la moto que él mismo me había instalado hace ya bastante tiempo; no sé porqué pero desde que me cambiaron la batería de la moto para poder llevarla al taller y sustituir las cubiertas de las ruedas, no funcionaban. Así que he ido al garaje a por la moto para ir a su casa y al salir, sin saber cómo ni porqué, me he encontrado ya aparcando frente al mar.

He bajado hasta la orilla y allí, frente al mar, notando el viento frío contra la cara, me he quedado contemplándolo y escuchando el ruido de las olas al romper suavemente contra la arena. Durante 10 ó 15 minutos no he hecho absolutamente nada, abstraído de todo cuanto me rodeaba me he limitado simplemente a respirar, sin pensar en nada, sin reparar en nada que no fuera el propio mar, el ir y venir de las olas.

Cuando he vuelto a la realidad de este mundo mi mano ha buscado instintivamente la cámara en el bolsillo derecho de la chaqueta, la ha sacado y preparado. A continuación ha venido toda una ceremonia con el único objetivo de tratar de plasmar lo que en ese momento inundaba mi espíritu, mi estado de ánimo, cómo me sentía, sin romper el hechizo.

A regañadientes me he alejado de la orilla, volviéndome desde la duna para echar un último vistazo, sabiendo que hoy sería un tanto complicado elegir la foto que publicaría en el blog, pero en cuanto las he revisado sólo una palabra, una sensación, una percepción ha ocupado mi mente: simplicidad.

Título de la fotografía: Zona marítima.

P.D.: Mi amigo me ha solucionado el problema y los puños calefactables vuelven a funcionar. Gracias Jose, eres una máquina.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Día 59/365


Ya hemos pasado la navidad; nos queda fin de año y el día de reyes. Estos son, entre otras cosas, días de excesos; demasiada comida, demasiada bebida, demasiada alegría, demasiada añoranza de quienes no han podido acompañarlos o a quienes no hemos podido acompañar, ... En fin, que como esto dure mucho más voy a perecer el muñequito que identifica la marca Michelín y no sólo eso, voy a tener el colesterol, los triglicéridos y los nosecuantoscéridos por las nubes. Pero ya he dicho anteriormente que no me puedo resistir a los dulces, ni a los salados, ni a nada, y es que todo me viene bien y además me luce porque enseguida acumulo kilos, así se ve que no lo desaprovecho.

Hoy he pasado por el parque y estaba a rebosar de niños y niñas disfrutando de sus nuevos juguetes, de sus bicicletas, balones, muñecas, cochecitos para las muñecas, coches y motos teledirigidos, de todo lo que ayer dejó en sus respectivos hogares el tan esperado Papá Noël por unos, que parece que poco a poco va ganando terrenos a los tradicionales Reyes Magos, denostado por otros precisamente porque entienden que es una costumbre foránea, un atentado contra nuestras cristianas costumbres.

Y del parque  por el paseo hasta una zona relativamente despejada que me permitiera ver el cielo al atardecer de este, ahora sí, invierno. En dirección al mar el cielo era azul con unas nubes blancas que apenas mostraban algún tono rojizo pero hacia poniente, hacia el interior, el cielo hoy volvía a ser espectacular. Ha habido un momento que parecía que las montañas estaban en llamas.

Cada día que pasa estoy más contento de haber tomado la decisión de iniciar este proyecto. Día a día descubro nuevos rincones de mi ciudad, aspectos de la misma que desconocía, detalles que hasta ahora habían pasado desapercibidos ante mis ojos porque miraba sin ver, atardeceres como el de hoy y otros que ya he tenido oportunidad de disfrutar, al tiempo que me motiva a buscar nuevos emplazamientos desde los que poder observarlo todo con un punto de vista distinto. Esto va a suponer subir a alguna montaña, a alguna de las urbanizaciones que se encuentran bastante elevadas y desde las que, sin duda alguna, debe disfrutarse de panorámicas espectaculares.

Ha sido una buena decisión, aunque a veces también pienso en la cantidad de tiempo que dedico a este menester y que, necesariamente, me obliga a restar de otras aficiones. Lo cierto es que espero que valga la pena, bueno, estoy convencido de que valdrá la pena.

Por cierto, parece ser que Papá Noël, como otros, no tiene muy buena opinión de mi como fotógrafo y ha decidido que me hacía falta ayuda para tratar de mejorar en ese aspecto, así que me ha regalado dos libros de fotografía, Fotografía creativa en blanco y negro, de Harold Davis, y Fotografía creativa. La poesía de la imagen, de Chris Orwig. Los leeré con interés, con mucho interés, pero no creo que sea suficiente la lectura para mejorar mi nivel fotográfico; creo que lo mio tiene mala solución porque mira que me fijo yo en el excelente trabajo de otros y no consigo que se me pegue nada.

Título de la fotografía: Puesta de sol invernal.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Día 58/365



Hoy el mensaje es claro: Feliz Navidad!!

Deseo para todos que la paz y la felicidad inunden vuestros espíritus hasta más allá de lo imaginable.

Nos vemos mañana.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Día 57/365


Es sábado y esta noche es Nochebuena (y mañana Navidad, saca la bota morena que me tengo que  emborrachar). Hoy no hay cursillo de Photoshop pero hay que sacar a Leia a pasear para que pueda hacer sus necesidades. Hemos dado un buen paseo pero nada comparado con el que me he  dado más tarde yo sólo.

Por segunda vez en poco tiempo he salido de casa sin la tarjeta de memoria en la cámara fotográfica y, por segunda vez también, me he dado cuenta al intentar hacer una foto. Menos mal que todavía no había andado demasiado y no he perdido ni demasiado tiempo volviendo a buscarla ni la posibilidad de hacer la fotografía que quería, pues se trataba de un motivo estático.

Bueno, pues el paseo me ha llevado, nuevamente, por calles casi olvidadas para mí, calles por las que muy pocas veces había paseado, todas ellas situadas en el barrio antiguo de la ciudad. Lo de antiguo empieza a perder su significado, o al menos el significado que esa palabra tenía para mí cuando me refería a esas calles, callejuelas, costeras, plazas, rincones, escaleras... Es cierto que es antiguo porque se trata de la parte de la ciudad que antes se pobló, pero ha perdido parte de su encanto como consecuencia, inevitable, de las reformas que han ido llevándose a cabo en las casas que dan forma a toda esa zona.

Por supuesto que es normal e inevitable que se hagan reformas, en otro caso las casas ya no serían tales sino sus ruinas, pero esas reformas que han supuesto cambios de puertas de entrada, de ventanas y persianas, han ido desdibujando la identidad del barrio. Durante mucho tiempo me dediqué a fotografiar todas las aldabas que me encontraba -aún hoy todavía fotografío aquellas que veo por otras ciudades porque ya tengo todas las de mi ciudad, o una gran mayoría de ellas-, y para ello me pateé prácticamente todo el casco antiguo; pues hoy, volviendo a pasar por algunas de aquellas calles me he encontrado que ya han desaparecido las aldabas y las puertas en las que se encontraban.

Todos esos detalles son los que, en mi opinión, confieren carácter a la zona, los que la identifican, los que la hacen singular frente a otras y poco a poco están desapareciendo. En una de esas calles me he encontrado con una puerta que conservaba todos y cada uno de los detalles que tan frecuentes eran hace unos años (bastantes ahora que me pongo a pensarlo); la parte inferior de la puerta con una plancha de latón repujado para resguardarla de los efectos del agua de la lluvia, y que por esos mismos efectos y por los del sol adquirían un color verdoso, una cerradura de esas en las que se metía una llave que requerían de una sana alimentación para poderlas llevar y levantar (aunque hubo un tiempo en que casi no eran necesarias las cerraduras porque las puertas casi siempre permanecían abiertas), y la consabida aldaba para llamar.

No me he podido resistir. La cerradura y la aldaba son las que protagonizan la imagen de hoy. Por cierto, la casa estaba en un  lamentable estado de abandono; así pues estoy convencido de que en no demasiado tiempo desaparecerá, justo cuando alguien decida bien rehabilitarla o demolerla para, en su lugar, edificar una nueva casa.

Y me pregunto si la modernidad conlleva, necesaria e inexorablemente, la pérdida de identidad, no sólo de las edificaciones sino también la nuestra.

Título de la fotografía: Dí amigo y entra.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Día 56/365


En primer lugar tengo que decir que tengo mala conciencia por la primera de las entradas de hoy que, realmente, es la de ayer. Tengo que manifestar en mi defensa que, aunque en el blog aparece que la foto se publicó a las 00:01 de hoy, en mi reloj todavía no eran las 23:59:59 de ayer cuando la publiqué. En fín, disculpad la broma de comentario que acompañaba la foto pero tendréis que reconocer, aquellos que la leísteis, que el comienzo de la entrada resultaba un tanto intrigante... aunque luego se frustró, o quizá no porque la resolución de la historia la dejé a expensas de vuestra imaginación y vistas las fotografías que hacen algunos de los compañeros y los títulos que las encabezan no puede negarse que imaginación no falta.

En fin, a lo que íbamos. Esta tarde tenía que hacer algunas compras de regalos para mañana que tenía pendientes y ello ha supuesto tener que desplazarme hasta Valencia, al centro comercial que hay justo al lado de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, y no me he podido resistir a la tentación de disfrutar, durante poco más de una hora, de un paseo por allí.

Nos ha costado una pasta a los valencianos, realmente todavía no sabemos cuánta, pero hay que reconocer que los edificios y el conjunto que forman son realmente extraordinarios. A pesar de las fechas en las que estamos no había demasiada gente (dentro del centro comercial tampoco) y muchos de los que allí estaban eran fotógrafos o aficionados a la fotografía que, unos con la cámara en la mano y otros sobre un trípode, no paraban de hacer fotos.

Yo me he tenido que conformar con tomar unas cuantas instantáneas con la compacta pero me he propuesto volver con tiempo para dedicarme todo un día en sesiones de mañana, tarde y noche, a hacer fotos de estos edificios. Y puedo aseguraros que volveré porque mi mujer ya está pensando en buscar un hotel por aquella zona para pasar la noche allí, lo cual, como muchos comprenderéis, quiere decir que si ella ha tomado la decisión de ir entonces iremos sí o sí.

Hoy también quiero desearos una feliz navidad a todos y a todas, que seáis muy felices mañana y todos los días de vuestra vida. A todos y a todas un casto abrazo.

Título de la fotografía: Arte en azul.

Día 55/365



Una pareja. Un hombre y una mujer sentados en una mesa. Sobre la mesa dos jarras de cerveza y un plato vacío. A su alrededor el resto de mesas están vacías, esperando a los clientes que no llegan. De repente, algo llama la atención de la pareja, algo que interrumpe su conversación y les hace volver las cabezas y dirigir sus miradas hacia un determinado punto. ¿Qué ha sucedido?

Sinceramente, no tengo ni la más remota idea. Sólo me he fijado en su soledad y en que sus cabezas se volvían hacia un mismo punto. Ahora que cada cual imagine su propia historia, que cada uno relate aquello que piensen que puede haber sucedido.

Yo, ahora mismo, sólo pienso en que son prácticamente las doce de la noche y todavía no he publicado la entrada de hoy, y no tengo ninguna intención de saltarme el límite que yo mismo me he impuesto en este proyecto.

Así que, mañana más. Buenas noches.

Título de la fotografía: Una pareja sin historia

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Día 54/365


Que no, que no estoy obsesionado con la vejez, aunque a veces pueda parecer lo contrario. Vamos a ver, soy consciente del paso del tiempo, sólo tengo que ponerme delante del espejo y mirarme para ver cómo me han afectado físicamente los ya bastantes años que acumulo, pero no es algo que me quite el sueño, al menos no todavía, porque hasta ahora no he observado que haya perdido otro tipo de facultades y porque he ganado en otros muchos aspectos que compensan e incluso superan esos "mínimos" daños, por calificarlos de algún modo, en mi físico (hay quien piensa que con el tiempo he mejorado incluso en ese aspecto y yo hago todo lo posible por creérmelo).

Pero no puedo negar que de algún modo es un tema al que dedico momentos de reflexión puesto que he visto envejecer a mis padres, madurar a mi hermana, crecer a mis hijos, todo ello junto a mi esposa con la que he crecido y madurado.

Uno no puede estar siempre en plan trascendente y de hecho no lo estoy en la mayoría de las ocasiones, puesto que soy bastante dado a la broma, a relativizarlo todo y a intentar capear el temporal de la mejor forma posible, pero no puedo obviar que he pasado ya por pasear a mis hijos subidos a sus respectivos cochecitos cuando eran pequeños y también por pasear a mi padre en su silla de ruedas cuando ya no podía valerse por sí mismo, e imagino que llegará un día, más tarde, mucho más tarde que pronto, en el que posiblemente también mis hijos me pasearán a mí, y a lo largo de todo ese periplo hay algo que permanece inalterable y que atrae poderosamente mi atención: el amor entre padres e hijos.

Por mis hijos haría cualquier cosa, como cualquier padre, del mismo modo que mis padres han hecho todo cuanto ha sido necesario por mí y por mi hermana. Es el amor paternal que todos sentimos por nuestros hijos. Y este amor es plena y totalmente compatible con el amor que siento por mis padres, por los que también haría cuanto fuera necesario. Y estos amores son amores incondicionales.

Por ese amor nuestros padres se han ocupado de nosotros durante todo el tiempo que hemos necesitado de su ayuda y, también, cuando ya no ha sido necesario. Y por amor pasamos a ocuparnos de ellos cuando nos necesitan.

Y ha sido la imagen de una hija ocupándose de su madre y, al mismo tiempo, de una madre confiada en las manos de su hija  la que hoy se ha convertido en la fotografía protagonista del día y la que me ha llevado a hacerme esta reflexión.

Título de la fotografía: Madre e hija.

martes, 20 de diciembre de 2011

Día 53/365


Cuando salimos a la calle nos encontramos ante una enorme variedad de situaciones que nos provocan estímulos de todo tipo. Podemos, si no andamos con cuidado, caer en la zanja que acaban de abrir ante la puerta de nuestra casa la compañía del gas en su empeño por extender su red, nunca mejor dicho, para pescar el mayor número de usuarios posibles; podemos encontrarnos ante un ramo de flores pegado con cinta adhesiva al poste de una señal de tráfico que, inmediatamente, nos lleva a imaginar que alguien perdió aquí su bien más preciado, su vida, en un desgraciado accidente; podemos ver una pareja de ancianos andando cogidos del brazo, ofreciéndose sustento mutuo después de toda una vida compartiendo experiencias; nos encontraremos, con toda seguridad, ante situaciones que quizá ni siquiera hayamos imaginado y todas y cada una de ellas, sin excepción, dejarán su huella, más o menos profunda, en nosotros,.

Somos maleables, permeables, adaptables y otros muchos adjetivos nos ayudan a definirnos como persona a cada uno de nosotros. Todos esos estímulos a los que antes hacía referencia son los que van calando en nosotros y moldeando nuestro carácter, al tiempo que nos llevan a adaptarnos a las circunstancias en las que nos encontramos en cada momento, reforzando nuestros cimientos éticos y morales.

Son los materiales con los que poco a poco nos vamos construyendo a nosotros mismos, pero que no nos hacen inmunes a las agresiones que día a día también vamos sufriendo. Estas van arrancando pedazos de nosotros mismos, van infligiendo heridas, más o menos grandes, más o menos profundas, que con el tiempo pueden llegar a sanar pero que dejan cicatriz; en esos envites que nos hace la vida nos dejamos girones de piel y poco a poco, si bien endurecidos, vamos mostrando nuestras entrañas, el material del que estamos hechos.

El tiempo y las vivencias nos dejan como al edificio que hoy me he encontrado, con el enfoscado deteriorado, mostrando los adobes y la argamasa con las que se construyó, con agujeros y reparados, pero sosteniéndose con fuerza porque los cimientos son fuertes y profundos, mostrando los signos del transcurso del tiempo pero orgulloso todavía de mantenerse en pié y dispuesto a seguir dando cobijo a quien lo necesite pidiendo, tan sólo, trabajos de mantenimiento.

Título de la fotografía: Descarnado.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Día 52/365


De vuelta al trabajo con un frío del carajo. Esta mañana cuando he salido de casa me he encontrado con un ambiente gélido; hoy ha sido, posiblemente, el día más frío de lo que va de otoño. Chaqueta, cuello vuelto para que cubra lo máximo posible, las manos en los bolsillos (de su gabán, pa que no sepa en cual de ellos lleva el puñal) y encogido, ligero el paso camino del despacho, me he ido cruzando con la misma gente de todos los días que iba también al trabajo con el mismo o parecido aspecto que el mío. Los saludos hoy más breves, apenas un movimiento de cabeza, un hola apenas pronunciado.

Ya por la tarde salgo de casa igual de abrigado pero esta vez con la necesidad de llevar las manos fuera de los bolsillos. Todavía no me llega el presupuesto para comprar una cámara que se sostenga sola, que apunte allí donde yo miro y que justo dispare cuando yo lo quiera. Así que no hay más remedio que sostener la cámara con las manos, caminar observando a la gente moverse rápido, entrar y salir de las tiendas con más o menos bolsas, con más o menos regalos porque de eso van estos días, de ver a los niños con los gorros de colores y los guantes a juego de la mano de sus padres, los que ya saben andar, y los que no subidos en sus cochecitos contemplando las luces que ya iluminan las calles del centro.

Y aquí es justo donde hoy he sido testigo de algo inaudito para mí. A sólo tres días de finalizar este otoño, a sólo tres días del solsticio de invierno, he podido contemplar un fenómeno que no se produce frecuentemente y menos por esta zona. He sido testigo de una lluvia de estrellas como no había visto nunca.

Apenas he tenido tiempo de preparar la cámara, de apuntar y disparar al tiempo que me protegía bajo las balconadas que sobresalen de las fachadas. Las estrellas eran enormes, algunas de ellas iban como suspendidas de una especie de aro del que, a su vez, parecían colgar infinidad de diminutos luceros que las acompañaban en su rápido descenso, que no caída, hasta quedar suspendidas, como flotando, a una cierta altura y, desde allí, iluminar las caras de ilusión, de emoción, de esos niños que se paran delante de los escaparates y contemplan, a través de los cristales ya llenos de restos de manos diminutas, de vaho salido de bocas que sólo hacen que decir "mira mamá, mira papá", mientras señalan aquello que les ha llamado la atención, y que seguro añadirán a la ya larga lista de peticiones para Papá Noël o para los Reyes Magos.

En fin, ha sido la de hoy una lluvia de estrellas cargadas de ilusiones, de sueños infantiles, de inocencia, de todo aquello que ya sólo disfrutan los niños y nosotros a través de sus ojos, porque nuestra inocencia ya tiempo ha que la perdimos, las ilusiones no siempre se cumplieron y los sueños, pues eso... sueños son.

Título de la foto: Lluvia de estrellas.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Día 51/365


Aunque no me he levantado a tiempo para salir en compañía, hoy tocaba moto. He hecho más o menos el mismo recorrido que la semana pasada pero hoy mucho más tranquilo, disfrutando de la conducción y, en lo posible, del paisaje.

La mañana ha sido casi perfecta, con sol aunque fresca y la molestia del viento. En total han sido unos 130 km por diversos tipos de carretera; desde autovía hasta locales, con curvas, muchas curvas y algunos parajes impresionantes.

Me he quedado con ganas de hacer fotos de alguno de estos lugares pero, incluso yendo en moto, no era posible parar a un lado para poder sacar la cámara porque la carretera era muy estrecha, sin ningún tipo de arcén, y además en una zona de curvas sin prácticamente visibilidad.

No obstante he disfrutado parando en otros lugares para contemplar el paisaje y maravillarme ante el empeño que pone la naturaleza por sobrevivir. Los árboles pierden todas sus hojas, sólo se ven sus resecas ramas que surgen de rugosos troncos, dan la impresión de estar muertos pero sabes que, con el cambio de estación, con la llegada de las lluvias primaverales y el calor, volverán a brotar y mostrarse espléndidos en su verdor.

Algunos tienen verdaderas dificultades para sobrevivir, pero su empeño por superar las adversidades que la propia naturaleza y, como no, el hombre, empeñado en destruir cuanto encuentra a su alrededor, les plantean. Un claro ejemplo de esto que acabo de decir es el árbol que protagoniza la imagen del día, que reseco cuelga sobre un barranco en precario equilibrio pero que se aferra a la vida hundiendo sus raíces en una tierra que le resulta esquiva, que huye de él y le abandona, pero de la que extrae fuerzas para intentar superar la estación sabiendo, o sin saberlo que tanto le da, que más pronto que tarde llegará la ansiada primavera.

Título de la fotografía: Aferrado a la vida.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Día 50/365


En días como hoy, en los que quien ahora escribe no trabaja, puedo dedicar más tiempo a observar el mundo que me rodea y en el que transcurre mi vida, y me alcanzan imágenes que percibo porque no me acucia la necesidad de llegar a algún sitio a una hora determinada ni de hacer nada que me vaya apremiando.

Así, en días en los que uno se permite pasear por la playa disfrutando de la vista del mar se da cuenta, de repente, de que esa playa es lugar de tránsito de innumerables especíes, unas bípedas, otras cuadrúpedas, otras rastreras y alguna que no puede clasificar porque la huella que acaba de atraer su atención no responde a ninguno de los patrones que a esas especies corresponde.

Mientras andamos vamos dejando nuestras huellas sobre la arena de la playa, del mismo modo que mientras vivimos las dejamos en quienes nos rodean, en cuanto hacemos; esas huellas permanecen más o menos inalteradas y apreciables hasta que la acción del mar, del tiempo y de otros seres van poco a poco borrándolas, diluyendo la impronta que habíamos dejado hasta desaparecer en su totalidad, lo que conlleva de algún modo el olvido de quien en su momento la dejó.

Memoria. Extraña facultad esta que nos permite recordar. Olvido. Perder la memoria, el recuerdo almacenado. La falta de memoria, la pérdida de recuerdos, conlleva nuestra definitiva desaparición, el olvido.

Extraña asociación de ideas la que me ha llevado desde la huella hasta la memoria y el olvido. Ahora mismo estoy perdido en un mar de pensamientos que circulan sin orden ni concierto por mi cabeza. ¿Se me recordará? ¿Por quién y por qué? ¿A quién, qué y por qué recuerdo yo? ¿Durante cuanto tiempo recordaré y se me recordará? ¿Qué haré si dejo de recordar?

Angustia.

Título de la fotografía: La huella.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Día 49/365


Hoy, como colofón a otra semana de trabajo, hemos tenido la comida de navidad con los compañeros de trabajo. Hemos estado muy comedidos y entre once personas no nos hemos bebido ni tan sólo una botella de vino; se ha notado que todos íbamos en nuestros coches y que hay temor a toparse con los agentes de tráfico que, estos días, tienen más trabajo del habitual.

El restaurante al que hemos ido está en primera línea de playa y, cuando hemos llegado, me he acercado al paseo marítimo; la vista era impresionante y he sacado la cámara de fotos para hacer alguna instantánea pero me he encontrado con una sopresa: la memoria está completa. ¿Cómo puede ser, si siempre formateo la tarjeta después de descargar las fotos al ordenador? Pues, por increíble que pueda parecer, no había puesto la tarjeta en la cámara; ayer se quedó en el lector del ordenador, así que me he quedado con las ganas de hacer la foto.

Cuando volvía a casa hacía un viento muy fuerte y el cielo parecía de fuego; las nubes tenían unos colores increíbles. No sé si será así por todas partes pero aquí, cuando el cielo muestra esas nubes de color rojizo, como en llamas, es un claro indicio de que se esperan fuertes vientos. En este caso no se esperaban, ya habían llegado y se hacían de notar, hasta el punto de tirar por el suelo vallas y otros elementos del mobiliario urbano.

En cuanto he entrado en casa he sacado la tarjeta del ordenador y la he puesto en la cámara para subir, a toda prisa, a la terraza. Quería hacer alguna foto del cielo porque, en mi opinión, estaba precioso y no faltaba demasiado tiempo para que el sol se pusiese y se extinguiera ese frente de fuego que estaba arrasando con todo el cielo.

Título de la fotografía: En llamas.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Día 48/365


Sí, ya se que no es una foto muy artística pero no me negarás que tienen una magnífica pinta, y del aroma que salía de la panadería no puedes hacerte idea, así que no me he podido resistir a la tentación de hacer una foto de estas delicias.

Siguiendo con el paseo donde lo dejé ayer me he encontrado, entre otros, con este escaparate lleno de dulces de navidad. Si bien es cierto que hace apenas un par de días comentaba que las navidades se han convertido en una excusa para incitarnos a hacer compras y más compras, no es menos cierto que disfruto de lo lindo cuando llega porque tengo la excusa perfecta para comer, más bien devorar, dulces de todo tipo. Tengo que confesar que me encanta el dulce (el salado también, para qué lo voy a negar y, además, tengo la prueba visible a la altura del abdomen), sea del tipo que sea. Los polvorones, los buñuelos, el turrón duro, el blando, de chocolate, alfajores, huesos de santo, mazapán, y los tradicionales pastissos de cacahuete, almendra o aguardiente, rellenos de cabello de ángel o confitura de boniato, los mantecados, los pestiños, etc., todo me gusta.

Me viene a la memoria una libreta pequeña que tenía mi madre (imagino que todavía la tendrá ella o, quizá, mi hermana), con las tapas negras, llena de recetas de dulces de navidad escritas con lápiz, que aparecía todos los años por la cocina cuando llegaba el momento de preparar esos pastissos y mantecados. Recuerdo cómo de niño me dejaban rebañar con el dedo lo que quedaba por dentro de los cacharros de la cocina, y confieso que ahora mismo no me importaría rebañarlos si tuviera oportunidad. Se me está haciendo la boca agua sólo de pensar en ello.

En fin, que la navidad tiene, como todo en esta vida, un poco de todo, pero sobre todo tiene muchas cosas buenas, muy buenas y dulces. Seguro que compartes mi opinión y, si no es así, pásame los dulces que tu no quieras que ya me hago yo cargo de ellos.

Título de la fotografía: Dulce navidad.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Día 47/365


Esta tarde me he dedicado a dar una vuelta mirando los escaparates de las tiendas y prácticamente todos están adornados para navidad, algunos de ellos de forma bastante original.

Después, cuando he llegado a casa, me he enterado que todos los años se celebra un concurso de escaparates; de ahí que algunos estén arreglados con particular esmero para intentar, además de atraer a la gente, ganar el certamen.

Entre los que he visto destaca el que os muestro, que es el de una librería y, como no podía ser de otro modo, el protagonismo recae sobre un libro, un tintero con su pluma y un sobre dirigido a SS.MM. Los Reyes Magos que, imagino, tendrá en su interior una larga carta con una más larga todavía lista de deseos, todo ello sobre una mesa. El ambiente que recrea es un tanto de época.

Leer siempre ha sido para mí una necesidad y, en durante ciertos períodos, un auténtico vicio. Todavía recuerdo la primera vez que mi madre me llevó a la biblioteca pública municipal, para hacerme el carnet de socio, y el título del primer libro que saqué de allí: Leyendas del Río de la Plata. Desde entonces no tengo ni la más remota idea de la cantidad de libros que habré leído pero sí puedo asegurar que he disfrutado con todos y cada uno de ellos, y que mi gusto por la lectura, que comparto con mi mujer, me ha llevado a acumular una gran cantidad de libros en casa.

La literatura y la música son, para mí, inseparables. Disfrutar de la lectura mientras suena de fondo música es un verdadero placer. Son, aunque suene un tanto cursi, verdadero alimento para el espíritu.

Título de la fotografía: El placer de la lectura.

martes, 13 de diciembre de 2011

Día 46/365


No sé lo que pensarás tú de la navidad y de cuanto la envuelve, pero a estas alturas, faltando todavía dos semanas, yo empiezo a estar saturado no tanto de la navidad sino del tufo mercantilista que la envuelve.

Vayas por donde vayas te inundan los anuncios, las luces de colores, los arbolitos adornados con guirnaldas, papás noeles escalando fachadas para entrar en las casas por los balcones, sacos colgados de esos mismos balcones esperando que se llenen de regalos la noche buena, y tropecientos detalles más que sólo pretenden recordarte que es el momento de hacer las compras para esas inevitables comidas navideñas, de elegir los regalos que entregaremos, en fin, de sacar pasta del bolsillo y cuanta más mejor.

Sí, ya sé que eso mueve la economía y genera puestos de trabajo, aunque sean temporales, pero también es cierto que provoca más sentimientos de agobio y ansiedad en quienes no pueden dar cumplida satisfacción a esa fiebre consumista, precisamente por esta maldita crisis que a todos está afectando. Hay mucha gente, lamentablemente demasiada, cuyo principal objetivo ahora mismo es subsistir, que diariamente se tiene que preocupar por atender sus necesidades básicas, qué pondrán en el plato para llenar primero la cuchara y luego el estómago; de dónde sacarán dinero para pagar los recibos de luz, agua, gas, teléfono; cómo pagarán el préstamo, la hipoteca,... Es muy duro pero es la realidad, una realidad que intentan hacernos olvidar a base de bombardearnos con anuncios.

Dicen que martes y trece ni te cases ni te embarques. Pues hoy es martes y trece. Hoy, alguien muy querido para mí hubiera celebrado su cumpleaños de seguir entre nosotros en este complicado mundo. Hubiera tenido que soplar las velas de la tarta, de una tarta que él no habría probado por su diabetes, bueno un trocito sí que habría comido, al que habríamos cantado aquello de cumpleaños feliz y luego estampado un par de besos. En fin, quizá por esto hoy lo veo todo un poco más gris que de costumbre.

Título de la fotografía: A contraluz.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Día 45/365


Estoy seriamente preocupado. Hoy me he dado cuenta que algo está cambiando en mi forma de ver el mundo que me rodea. Algo me ha sucedido que a veces veo... no, muertos no; eso sólo le pasa a, entre otros, el niño de la película El sexto sentido; veo formas, sombras, líneas en movimiento, contrastes, todos ellos desconectados de cuanto les rodea, aislados en un mundo propio, alineados de la realidad o, quizá, justo lo contrario, integrados en una realidad distinta, su propia realidad.

Donde antes veía un edificio ahora veo una serie de formas rectangulares con forma de ventanas o puertas, donde antes veía un balcón ahora veo cuerpos que sobresalen de un bloque y que proyectan sombras que parecen tener vida propia, donde antes veía un paso de cebra ahora veo... ya no sé ni lo que veo. Lo que antes eran objetos totalmente reconocibles ahora se han convertido en objetos abstractos que me inducen a soñar en mundos imaginarios hechos de percepciones, de sensaciones.

 ¿Qué me está sucediendo? ¿Será que hoy me he reincorporado al trabajo después del megapuente que me construí la semana pasada? ¿Podría ser algo que me ha sentado mal? ¿Será que están ejerciendo algún tipo de influencia en mí fuerzas extrañas, quizá extraterrestres? Yo sé cual es la respuesta y no es la que tú estás pensando, no me he tomado, como ya estás imaginando, alguna sustancia estupefaciente que me hace alucinar. Ya ni fumo, bueno, alguna vez, muy de vez en cuando, un cigarrillo pero sólo de tabaco.

La respuesta son las diferentes formas de ver la realidad que ponen ante mis ojos otros fotógrafos cuyos blog voy descubriendo de forma paulatina, porque la realidad no es única e igual para todos. La realidad es  como cada uno se la quiere imaginar, porque sin esa imaginación que nos hace inmunes a ciertos hechos que suceden ante nuestros propios ojos, sin esa imaginación que nos permite construirnos mundos paralelos a este que habitamos y que nos permite evadirnos de esa realidad que detestamos, quizá no seríamos capaces de sobrevivir sin caer en la locura. Quizá, sólo quizá, porque ya estemos locos y veamos cosas extrañas a nuestro alrededor.

Título de la fotografía: -) +

domingo, 11 de diciembre de 2011

Día 44/365


"El aparecido", así se han referido hoy a mí los moteros con los que salgo normalmente. Es comprensible si tenemos en cuenta que hacía casi dos meses que no acudía a una de las habituales salidas de los domingos. Y para variar (añade un ligero tono irónico) hoy hemos ido a Gorga, una carretera con más curvas de las que yo desearía y, para más inri, se ha puesto a llover antes de llegar, con lo que la conducción ha ganado en emoción (sustituye aquí emoción por acojone). En fin, que las ruedas nuevas muy bien, el que ha bajado en destreza he sido yo que casi me he salido de la carretera a la entrada de un puente.

 Y esta tarde hemos ido a pasear por la playa mi esposa, Leia y yo. Mientras ellas dos paseaban yo me he dedicado a hacer fotos del mar, del cielo, de la arena, de las olas en la arena, de las dunas, de la vegetación de las dunas, de los cañaverales que hay por los huertos abandonados junto al mar (consecuencia de la fiebre inmobiliaria que también hemos sufrido).

Y todo en el momento en que el sol iba hacia su ocaso, tiñendo el cielo con blancas nubes de unos dorados increíbles. En un corto espacio de tiempo el cielo cambia su color y las nubes dejan de ser blancas para adquirir mil y un tonos distintos. Y el ojo no tiene un instante de reposo porque no quiere perder detalle de todo cuanto acontece alrededor; miro el cielo y las nubes y la cámara dispara; miro el mar y la cámara dispara; miro los árboles y la cámara dispara, miro los penachos de las cañas recortados contra el cielo que se han vuelto de oro por efecto de la luz del sol y la cámara dispara. Ya tengo la foto de hoy.

Título de la fotografía: Ocaso.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Día 43/365


Sábado, sabadete, hoy toca cursete...

Seguimos con el cursillo de Photoshop. Hoy hemos tenido que restaurar una foto que tenía bastantes años y daños considerables en forma de arañazos, puntos blancos, pérdida de color... Una clase entretenida y en la que he aprendido bastantes cosas, una de ellas a tener paciencia para ir arreglando la infinidad de puntos blancos que tenía la foto en cuestión.

Las conversaciones durante la pausa para el café han girado, un día más y como no podía ser de otro modo, sobre fotografía. Y la foto de hoy la protagoniza el propietario del bar donde vamos a tomarnos ese café, té, cortado, descafeinado, agua, la empanadilla, lo que sea para matar el hambre hasta la hora de comer.

Desde que empecé con este blog tengo en mente hacer fotos de distintos profesionales en su ambiente de trabajo. Creo que puede ser un tema interesante que, además, ofrece bastantes posibilidades. Así pues hoy he empezado justo por la profesión de barman, camarero, como quieras llamarlo, un trabajo no siempre grato, como otros muchos, en el que la gente que se dedica a él suele entregarse durante muchas horas, sobre todo si es un negocio familiar, y en el que sacrifican los días festivos que, normalmente, se convierten en los de más trabajo.

Pues hablando junto a la barra con algunos compañeros del cursillo se me ha ocurrido comentarle a este señor que un día deberíamos hacerle una foto y él, muy amable -como se supone que deben ser estos profesionales- me ha contestado que sin problemas, que cuando quisiera se la podía hacer. Así que dicho y hecho; mano derecha al bolsillo de la chaqueta y aparece, como por arte de magia, la cámara. Y así, sin pensarlo, tenemos hecha la foto.

Y pienso que el retrato le hace justicia.

Título de la fotografía: El barman.

P.D.: Gracias al modelo del que, he caído en la cuenta ahora, ni siquiera sé el nombre.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Día 42/365


En algo se tenía que notar que he hecho puenting, así que me he pasado la mañana frente al ordenador mirando vídeo tutoriales de Photoshop, leyendo revistas de fotografía y haciendo algunos de los ejercicios que publican con el material que facilitan en los DVDs que las acompañan. Hay que ver lo que uno puede aprender, sobre todo si no tiene prácticamente idea, viendo este tipo de tutoriales y haciendo unos pocos ejercicios.

Como ya comenté, los sábados estoy acudiendo a un cursillo de nivel básico de Photoshop, mañana tengo otra clase, y si a este cursillo le sumamos lecturas y prácticas como las de hoy, cabe suponer que avanzaré más rápidamente. El Photoshop es como el laboratorio fotográfico tradicional pero aplicado a la fotografía digital, así que es una herramienta imprescindible para los fotógrafos y los aficionados a la fotografía como yo.

Una de las posibilidades de ese programa que más me atraen, y que seguro ya habrás observado, es las enormes posibilidades que ofrece para convertir las fotografías a blanco y negro, para trasladar a escala de grises la gama de colores del mundo que nos envuelve. Me gusta observar esa realidad y transformarla a mi antojo.

La tarde se ha presentado un tanto desapacible; ha empezado a refrescar y tengo que reconocer que me ha invadido la pereza, así que la salida para hacer la foto de hoy ha sido más bien corta y, hoy sí, he ido directo al lugar donde sabía que me estaba esperando esa foto que necesitaba para cumplir con mi compromiso de publicar hoy una foto más.

Así que sin más dilación y haciendo patente esa pereza que me ha invadido, finalizo el comentario. Voy a continuar leyendo, cómodamente sentado y calentito, con Leia aquí a mis pies royendo un hueso de esos que sirven para limpiarse los dientes, refrescar el aliento y, sobre todo, mantenerla ocupada.

Título de la fotografía: Geometría aplicada.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Día 41/365


Aprovechando que hoy ha sido festivo he salido con la moto a dar una vuelta que me ha llevado por Barx hasta Simat de la Valldigna, donde he parado para hacer una visita turística al Monasterio de Santa María de la Valldigna.

Con la de hoy es la tercera vez que visito este lugar y he podido ir viendo como se han desarrollado los trabajos de recuperación que se están haciendo. Y con la sesión fotográfico de hoy ya son tropecientas las fotos que sumo de este lugar. Las tengo de todos los lugares y desde todos los ángulos, de la fuente de los tritones, de la sala capitular, del locutorio, del refectorio, del palacio del abad, del sobreclaustro del palacio del abad, de la iglesia monacal, en definitiva, de todo.

Y después de la salida en moto ha llegado el momento de dar una vuelta por el mercado municipal, que hoy se había convertido en "Mercado de tapas". Así que allá nos hemos ido mi mujer y yo a tomarnos algunas tapas y evitar tener que preparar la comida. No puedo dejar de destacar la tapa de figatell y de morcilla que nos hemos tomado en el puesto de Torres, carnicero artesano al que de familia le viene la profesión. Hemos terminado con unos buñuelos de calabaza que estaban riquísimos.

Y ya por la tarde ha llegado el momento de revisar las fotografías que he hecho esta mañana y revelar las que tenían más posibilidades de convertirse en la foto de hoy. Como ya he tenido oportunidad de publicar alguna de las fotos que había hecho anteriormente, hoy he optado por una distinta, esta en la que la torre del campanario de la iglesia destaca por encima de uno de los arcos que quedan en pié y en la que puede verse un atisbo del sobreclaustro a través del hueco de una puerta y por encima de los arcos del claustro.

Título de la fotografía: Monestir de Simat.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Día 40/365


He recibido un comentario a una de las entradas del blog que me ha hecho reflexionar sobre este blog, el proyecto fotográfico en el que se apoya y, también, en todas las personas que más o menos asíduamente me siguen y se interesan por lo que estoy haciendo.

Esta persona que ha comentado mi entrada es alguien a quien le gusta la fotografía, con un ojo fotográfico excepcional, en mi opinión, y que publica un más que interesante blog fotográfico que yo sigo diariamente, http://minimalabstract.blogspot.com, cuya visita recomiendo a todos aquellos interesados en la fotografía. Según él mismo comenta, es su gusto por la fotografía lo que lo mueve a visitar los blogs, para aprender, inspirarse o animar, y que normalmente no lee los textos que acompañan a las fotos más allá de su título o una pequeña explicación.

Imagino que habrá, entre quienes visitan este blog, unos que sólo contemplarán las fotos que publico diariamente y otros que, además, leerán con más o menos interés el comentario que las acompaña. Y esto me lleva a preguntarme, realmente, ¿cuál es mi intención con este blog?.

Como seguro ya sabes, aquí publico diariamente una fotografía que hago el mismo día de su publicación; es decir, no vale hacer varias fotos un mismo día y guardarlas para publicarlas más adelante. Estas fotografías son las que poco a poco van dando forma a un proyecto personal fotográfico que consiste en hacer 365 fotos durante todos los días de un año, es decir, 365 fotos para 365 días.

Pero es cierto, no puedo negarlo porque sólo hay que echar un vistazo a las 39 entradas anteriores del blog, que a cada una de estas fotos viene acompañada de una reflexión, un comentario, más o menos largo, más o menos serio, la mayoría de las veces en tono jocoso, que casi vienen a ser una especie de diario personal. Cada día traslado a este blog, junto con una foto que indudablemente responde a mi gusto personal, a mi forma de ver aquello que me envuelve, esa reflexión o comentario, llamémoslo como queramos, que de igual forma muestra, un poco unas veces y otras bastante, cómo soy, qué pienso, qué me inquieta.

¿Forma esto parte del Proyecto 365? Indudablemente no, pero me gusta intentar explicar qué me ha motivado a elegir una foto para publicarla, cómo me he sentido cuando la he tomado o qué me ha hecho sentir lo que contemplaba para congelar esa imagen, ese instante, o qué he hecho o pensado, qué me ha inquietado a lo largo del día, qué ha hecho que mi estado de ánimo fuera el que era cuando he pulsado el disparador de la cámara.

Dentro de un mes, de medio año, un año o no sé cuantos días, volveré a mirar las fotos que he hecho y leeré los comentarios que he publicado con ellas y será como revivir cada uno de esos días, esos instantes; será, en definitiva, como acceder a los cajones de mi memoria.

Y en ese momento algunas de las cosas que habré fotografiado a lo largo de estos días seguro que ya no existirán, de forma que, al mismo tiempo, será también como guardar un recuerdo de ellas, por mucho o poco que sea el valor que puedan tener, sea este económico, sentimental, ...

Entre las que seguro no existirán dentro de cierto tiempo se encuentran diversas formas de vida, como la que protagoniza la foto de hoy.

A todos los que me siguen, ya sea habitualmente o de forma ocasional, a los que han llegado hasta este blog de forma accidental, a todos ellos y, en particular, a tí que has tenido los arrestos suficientes para leerte este ladrillo, gracias de corazón.

Título de la fotografía:  Vida acuática.

martes, 6 de diciembre de 2011

Día 39/365


En días como hoy, festivos, uno se toma las cosas con más tranquilidad, sin los agobios que provoca el quehacer diario.

Así me he tomado yo la búsqueda del motivo para la fotografía de hoy, con tranquilidad, la misma que tenía el protagonista de la foto con su caña en la mano, esperando a que picase algún pez, mirando fijamente el flotador que marca justamente la picada del pescado.

Me ha llamado la atención su aspecto un tanto bohemio, con su boina militar y una barba blanca como de pintor, así como su pelo largo igualmente blanco, allí de pie en la escollera, ajeno a todo cuanto sucedía a su lado, es decir, a los niños que jugaban y corrían dando voces bajo la atenta, o quizá no tanto, mirada de sus padres, a una pareja sentados junto a faro haciéndose carantoñas, a otra pareja paseando al perro, a un señor mayor que le hacía una foto a su señora con el mar como fondo, a un par de curiosos que le observaban y, junto a ellos, un hombre cargado con una mochila y un trípode que con la cámara fotográfica no paraba de apuntarle y disparar.

Hay que ver la de gente que había esta tarde en la escollera sur del puerto de Denia paseando y tomando el sol, mientras otros, como este señor de la foto, dedicaban su tiempo a pescar o intentar pescar alguna cosa. Al menos este señor ha cogido un par de peces, viéndolo yo, o más bien pececillos pero bueno, para hacerse un aperitivo y pasar el rato han sido más que suficientes.

Título de la fotografía: En la escollera.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Día 38/365


Esta es una semana extraña, pues van alternándose los días de trabajo con los festivos. Más de uno querría que todas fueran así pero creo que va a ser que no. Quien pueda que aproveche para hacer algún puente o, mejor aún, un macropuente si consigue no trabajar ningún día de esta semana. He leído esta misma mañana, en un período de tirada nacional, que la CEOE, la patronal para entendernos, ha planteado a los sindicatos trasladar los festivos que caigan entre semana a los lunes, para así evitar precisamente los puentes. No sé que dirá al respecto la Iglesia cuando tengan que celebrar el Jueves Santo un lunes :-); como diría Don Quijote: "Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho".

Yo tengo la suerte de poder hacer hoy puente, así que he aprovechado para llevar, por fin, la moto al taller, eso sí, después de que viniera el mecánico al garaje con una batería para poder arrancar la moto y sacarla de allí. Pero ya está con los zapatos nuevos, así que habrá que ir con cuidado unos cuantos días hasta que las ruedas pierdan lo que quiera que sea que les ponen para conservarlas antes de montarlas y que resbala que no veas. Habrá que tenerlo presente al tomar las curvas si no queremos tener algún que otro susto o, esperemos que no, algo más serio.

He estado en Sueca y, como no podía ser de otro modo, he aprovechado para hacer algunas fotos, entre ellas la que publico en esta entrada. Tanto al ir como al volver me he fijado en los campos de arroz, llenos de agua y con las plantas que ya sobresalen del agua, con los enormes surcos que han hecho los tractores al trabajar por dentro de los campos que se extienden hasta el infinito. Creo que serían un más que interesante tema para alguna foto.

He recordado que este mismo año fui a ver una exposición de fotografías que tenían por tema precisamente los arrozales de Sueca. Me gustaron muchas de las obras y algunas, en particular, por el tratamiento que les había dado la fotógrafa en la fase de edición. Impresionantes algunas de ellas. Quizá podría aprovechar alguno de los días de fiesta de esta misma semana para intentar encontrar alguna localización interesante para hacer fotos. Ya veremos; si lo hago seguro que os lo cuento y, posiblemente, también lo veréis.

Título de la fotografía: Reflejos en la fachada.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Día 37/365


No tengo ninguna intención de parecer "el hombre del tiempo" pero no puedo dejar de destacar que hoy ha salido un sol radiante, y eso normalmente mejora mi estado de ánimo, sobre todo después de varios días seguidos de lluvia.

Por si alguien no ha estado siguiendo la programación televisiva o escuchando la radio dejadme que lo ponga al día de la última noticia: YA ES NAVIDAD... en el Corte Inglés y en la inmensa mayoría de las tiendas. Así que ahora abren también los domingos para que podamos hacer nuestras compras navideñas y dar así sentido a nuestras vidas, al menos estos próximos domingos que, de otro modo, seguro que no sabríamos qué hacer.

Entonces, ¿podéis adivinar dónde he pasado el domingo? Pues sí, justo donde has pensado. Y como hemos pasado por delante de la recién inaugurada tienda de la manzana mordida pues hemos entrado a ver si lográbamos dar sentido a nuestras vidas, pero no ha podido ser, hemos salido, como la inmensa mayoría de la gente que allí se había congregado, con la misma vida sin sentido con la que habíamos entrado; hemos salido sin comprar esos objetos de deseo en forma de teléfono móvil de última generación, de tableta o de portátil que, en opinión de quienes los fabrican y comercializan, son los que dan sentido a la vida. Seguro que los Full Monty tendrían mucho que decir a este respecto.

A esa legión de gente que se movía por las aceras de aquí para allá haciendo compras, se sumaba también un sinfín de coches y motos desplazando más gente de un lugar a otro sobre un mar de asfalto negro que todo lo inunda, que llega justo hasta la orilla en la que nosotros nos encontramos, la acera por la que nos movemos con relativa seguridad protegidos como estamos por unos objetos que se interponen entre nosotros y los automóviles, que señalan el fin de ese mar de asfalto y el comienzo de nuestro territorio, objetos de mil y una formas, hechos de distintos materiales pero con idéntica finalidad y nombre, los bolardos.

Esos mismos bolardos que nos dan seguridad son, en ocasiones, fuente de gran dolor. Así lo afirman quienes, yendo a sus cosas y pensando en mil y una ideas, pierden de vista durante un instante esos  elementos del mobiliario urbano y dan con los huesos de sus piernas contra ellos, hecho que les produce un vivo e intenso dolor en la espinilla o en la rodilla, dependiendo de su altura, al tiempo que provoca un inmediato recuerdo de algunos de los familiares de quienes allí pusieron semejante objeto, y los consabidos deseos de muerte y destrucción para los mismos.

Título de la fotografía: El bolardo.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Día 36/365


Ha terminado una nueva semana de trabajo y, por fin, ha llegado el sábado. Y ha llegado acompañado de más lluvia, una lluvia que me hubiera impedido, si no hubiera sido por la batería que se ha descargado después de muchas semanas parada en el garaje, llevar la moto al taller para que le cambiaran los zapatos viejos por unos flamantes Michelin Pilot Road 2.

Como algunos de vosotros ya sabréis, y si no a partir de ahora ya no podréis decir que no, soy motero; pero no motero de tatuajes, melenas y chalecos con flecos a lomos de una custom; tampoco motero de los de mono de cuero, de esos que te obligan a andar con las piernas arqueadas y los brazos en jarras recordando a nuestros antepasados los simios, incrustado en una máquina de tropecientos caballos de carreras; soy motero de los de hacer kilómetros disfrutando de una montura cómoda y, a ser posible, acompañado de mi mujer, disfrutando del paisaje que te envuelve sin la barrera que supone el cascarón del coche y de la sensación de libertad que ofrece la moto.

Pero volvamos al sábado porque parece que estoy bastante disperso; en cuanto me despisto me voy por los cerros de Úbeda y me olvido de para qué estoy aquí.

Hoy era día de cursillo de photoshop y una oportunidad más para hablar de fotografía, de cámaras fotográficas, compartir experiencias -místicas o no-, charlar mientras el "profe" se esfuerza en explicarnos métodos y técnicas -igual, igual que cuando iba al cole- y luego preguntándole por qué no nos sale como a él lo que se supone que deberíamos de haber hecho siguiendo sus pasos, y para aprovechar la salida a tomar un café a media mañana para hacer alguna foto.

A la salida del cursillo corriendo a casa bajo la lluvia para encontrarme con... "coques a la calfó" para comer, lo mejor para tomarse un vaso de vino y luego hacer una siesta de las que se merece un sábado como este. Después, ya recuperado del esfuerzo que ha supuesto la siesta, descargar las fotos al ordenador y elegir la afortunada de hoy. Revelarla, ligeros toques creativos (aquí vale aquello de "el que no se consuela es porque no quiere" o también "ya no tengo abuela"), encuadrar, reducir tamaño y exportar para publicar en la web.

Espero que os guste.

Título de la fotografía: Apiladas bajo la lluvia

P.D. Para aquellos que desconozcan qué son "coques a la calfó", aquí tienen la explicación http://www.tourist-oliva.com/oliva/web_php/index.php?contenido=descripcion&id_boto=330

viernes, 2 de diciembre de 2011

Día 35/365


Hoy ha sido un día de lluvias; por la mañana, en el trabajo, de ideas y por la tarde la de toda la vida, la de agua, y con la próxima navidad, la de los millones de la lotería, aunque para la mayoría será, una vez más, el "día de la salud" por aquello de que cuando comprobamos que esta vez tampoco nos ha tocado el gordo nos resignamos y decimos aquello de "salud que tengamos".

Lo de la lluvia de ideas, brainstorming que dirían los anglosajones, ha estado bien. Para mí ha resultado una experiencia interesante esta de reunirnos para facilitar el surgimiento de nuevas ideas. Al final más o menos todos apuntábamos en la misma dirección y es que todos sufrimos las mismas o parecidas carencias en nuestros respectivos puestos de trabajo. Pero la de esta tarde nada ha tenido que ver con la de ideas, aunque sí surgen ideas con la lluvia.

Empieza a convertirse en habitual la lluvia; sí, ya sé que estamos en otoño y que es normal que llueva, pero por esta zona tampoco es demasiado frecuente que llueva tanto como viene haciéndolo estas semanas.

Quienes más notan los efectos de días lluviosos como hoy son los niños; por una parte, para ellos es un motivo más de diversión ya que les permite chapotear en los charcos y jugar con los paraguas mientras van por la calle. Pero, por otra parte, les impide salir a jugar al parque con los amigos, a jugar con la pelota, a  columpiarse, etc. Claro, como no salen de casa pues tampoco pueden subirse al tiovivo que hay montado cerca del parque, de modo que el tiovivo en realidad está bastante muerto.

Como ya has visto ha sido ese tiovivo el que hoy se ha ganado la foto. Me ha llamado la atención que no había absolutamente nadie cerca, que no se escuchaban ni la música del tiovivo ni las risas y gritos de los niños cuando se suben a los caballitos o a los coches, no se veían las luces multicolores que le dan vida, ni tampoco se escuchaba el sonido de la sirena que anuncia que se pone marcha o que ha terminado el viaje.

Sólo se apreciaba el silencio, la soledad de esos caballitos sin nadie que los monte, con su galope congelado en el aire de forma que no van a ninguna parte, ni tan sólo a dar vueltas y más vueltas sin alcanzar nunca a los otros caballos que los preceden, sin que los de atrás lleguen tampoco junto a ellos para poder cabalgar juntos; a su alrededor, los coches, camiones de bomberos, motos y aviones están tapados por toldos para protegerlos del polvo y de la lluvia, lo que les da un cierto aire fantasmal que desdibuja su figura, con los cláxones mudos, los faros apagados, inmóviles.

Atracciones para niños que sin niños, sin la vida que estos contagian, no son atracciones sino simples objetos inanimados deseando, si ello es posible, que cese la lluvia para que vuelva la alegría, el griterío y la vida que da sentido a su existencia.

Título de la fotografía: Tíovivo muerto.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Día 34/365


Nos cuenta el Génesis, sí el primer libro de la Biblia, que Dios necesitó seis días para hacer todo cuanto nos rodea y a nosotros mismos, y que al séptimo descansó.

Pues la placa que vemos en la fotografía nos dice que para construir ese edificio CLEOP, que no sé si será un dios de alguna mitología extraña pero que seguro que no sería muy poderoso, necesitó 90 días. Y diferencia va de lo que hizo uno a lo que construyó el otro, a pesar de que CLEOP jugaba con ventaja porque utilizó los materiales que Dios ya había dejado por aquí.

Os contaré, para quien no lo sepa, que este edificio era un almacén de naranjas y que hace ya muchos años que no se utiliza. Que más tarde también sirvió de kábila para alguna "filà mora" y también de cubil para alguna "filà cristiana" de las que participan en nuestra fiesta de moros y cristianos. Y que finalmente ha sido abandonada a su suerte, mala suerte diría yo porque está en un estado lamentable. Años hace ya que no queda ni un sólo cristal en ninguna de las numerosas ventanas que rodean toda la parte superior de este singular edificio.

Pues esta tarde, mientras le estaba dando vueltas y observándola con detenimiento, me he encontrado con esta placa, cuya existencia desconocía, que anuncia quién la diseñó, quién la construyó, cuando la construyó y cuanto tiempo tardó en edificarla. 51 años no son cualquier cosa, incluso para un edificio, y si te abandonan, si no te cuidan y mantienen, terminas así, hecho una ruina.

Como veis los cristales, efectivamente, han desaparecido, la herrumbre ataca los marcos metálicos, los pilares y el resto de piezas metálicas, el techo se está viniendo abajo, y sólo los ladrillos cara vista se resisten, como pueden y a pesar de los elementos, a dejarse vencer por el paso del tiempo.

Y sin mirarme al espejo he visto mi imagen y he pensado que mis ojos ya no ven como veían, que los huesos me duelen como nunca antes me habían dolido, que estoy perdiendo pelo (aunque si decido afeitarme la cabeza la gente todavía se da cuenta) y que sólo la fachada aguanta un poco el tirón.

Hoy, más que por el arte me he inclinado por la denuncia (y un poco por el bajón anímico por esta reflexión también).

Título de la fotografía: C.L.E.O.P.

Amigos que me siguen