jueves, 29 de diciembre de 2011

Día 62/365


¿Quién no recuerda aquellos tiempos en los que, para hacer una fotografía utilizando flash, había que utilizar lámparas desechables? Bueno, creo que he hecho una pregunta bastante chorra porque seguro que habrá bastante gente que no habrá conocido ese tipo de flash porque no es de esa época.

Yo sí recuerdo aquella cámara Kodak Instamatic 155X que me regalaron unos amigos cuando apenas era un niño; la estrené en un excursión que hice con ellos a Alicante. Recuerdo las fotos cuadradas que hacía y cómo pronto decidí que la fotografía nocturna no era para mí, bueno más bien para mi bolsillo porque los Magicube que utilizaba (eran cuatro lámparas en un mismo soporte que cada vez que cargabas la cámara para hacer una nueva foto giraba para situar una lámpara nueva al frente) valían un dinero que no podía permitirme gastar.

Después de la Instamatic llegaron una Werlisa Color, una Olympus OM-10, que fue mi primera cámara réflex, y más tarde una Konika FC-1, esta última formando parte de un kit que incluía un objetivo de 50 mm 1.4, un 28 mm 3.5 y un 135 mm 3.5. Recuerdo haber comprado la Olympus a crédito e ir todos los meses a la tienda a pagar la correspondiente cuota; y también que, cuando terminé de pagarla, me compré en la misma tienda y también a crédito un objetivo Tamron 80-210 mm, que más tarde adapté también para la Konika. Después llegó mi primera Canon, la EOS 300, que más pronto que tarde se vio arrinconada por una compacta digital, que a su vez abandoné por una nueva EOS 400D que dio paso a una EOS 40D. Todo esto sin mencionar los cadáveres de compactas analógicas que fueron quedando por el camino a lo largo de los años.

La de carretes que habré expuesto en esta vida... y lo poco que me han aprovechado a la vista de las fotos que sigo haciendo. Terminé comprando latas de película en blanco y negro de 30 metros que, encerrado dentro del armario de una habitación a oscuras, cortaba a la medida correspondiente a un carrete de 36 fotos. Y todos estos carretes después había que revelarlos. Y como ya por entonces algunos vivíamos en permanente crisis económica, pues tuvimos que aprender a revelarlos (otra vez dentro del mismo armario  a oscuras para meter la película en el tanque de revelado) para ahorrarnos unas cuentas pesetas que luego invertimos en una ampliadora con su correspondiente marginador, temporizador, cubetas, pinzas,...

Cómo han cambiado los tiempos. Ahora con una simple tarjeta hacemos tropecientas fotografías que luego analizamos en la pantalla del ordenador para descartar las que no nos gustan o no responden a nuestras expectativas, las que no hemos expuesto correctamente, en fin todas las que no nos interesan por la razón que sea; con el resto podemos hacer casi cualquier cosa pues disponemos del laboratorio digital, estos ordenadores con programas capaces de hacer mil y una virguerías con los que podemos realizar exactamente la imagen que habíamos imaginado al pulsar el disparador, incluso ir todavía un poco más allá, y todo ello sin coste alguno, para después mostrar en la red nuestros trabajos o enviarlas a un laboratorio para que nos saquen las copias que necesitemos.

Sinceramente, echo de menos el olor de los químicos cuando, sentado delante del ordenador, revelo mis negativos digitales, pero no cambiaría absolutamente nada para volver atrás. Las facilidades que la fotografía digital nos proporciona a aquellos que hemos hecho de la fotografía nuestra afición, no tienen comparación con los medios que la fotografía analógica ponía a nuestro alcance y, mucho menos, con el coste que ambas suponen para nuestra economía.

Título de la fotografía: Luz suicida.

2 comentarios:

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