lunes, 19 de diciembre de 2011

Día 52/365


De vuelta al trabajo con un frío del carajo. Esta mañana cuando he salido de casa me he encontrado con un ambiente gélido; hoy ha sido, posiblemente, el día más frío de lo que va de otoño. Chaqueta, cuello vuelto para que cubra lo máximo posible, las manos en los bolsillos (de su gabán, pa que no sepa en cual de ellos lleva el puñal) y encogido, ligero el paso camino del despacho, me he ido cruzando con la misma gente de todos los días que iba también al trabajo con el mismo o parecido aspecto que el mío. Los saludos hoy más breves, apenas un movimiento de cabeza, un hola apenas pronunciado.

Ya por la tarde salgo de casa igual de abrigado pero esta vez con la necesidad de llevar las manos fuera de los bolsillos. Todavía no me llega el presupuesto para comprar una cámara que se sostenga sola, que apunte allí donde yo miro y que justo dispare cuando yo lo quiera. Así que no hay más remedio que sostener la cámara con las manos, caminar observando a la gente moverse rápido, entrar y salir de las tiendas con más o menos bolsas, con más o menos regalos porque de eso van estos días, de ver a los niños con los gorros de colores y los guantes a juego de la mano de sus padres, los que ya saben andar, y los que no subidos en sus cochecitos contemplando las luces que ya iluminan las calles del centro.

Y aquí es justo donde hoy he sido testigo de algo inaudito para mí. A sólo tres días de finalizar este otoño, a sólo tres días del solsticio de invierno, he podido contemplar un fenómeno que no se produce frecuentemente y menos por esta zona. He sido testigo de una lluvia de estrellas como no había visto nunca.

Apenas he tenido tiempo de preparar la cámara, de apuntar y disparar al tiempo que me protegía bajo las balconadas que sobresalen de las fachadas. Las estrellas eran enormes, algunas de ellas iban como suspendidas de una especie de aro del que, a su vez, parecían colgar infinidad de diminutos luceros que las acompañaban en su rápido descenso, que no caída, hasta quedar suspendidas, como flotando, a una cierta altura y, desde allí, iluminar las caras de ilusión, de emoción, de esos niños que se paran delante de los escaparates y contemplan, a través de los cristales ya llenos de restos de manos diminutas, de vaho salido de bocas que sólo hacen que decir "mira mamá, mira papá", mientras señalan aquello que les ha llamado la atención, y que seguro añadirán a la ya larga lista de peticiones para Papá Noël o para los Reyes Magos.

En fin, ha sido la de hoy una lluvia de estrellas cargadas de ilusiones, de sueños infantiles, de inocencia, de todo aquello que ya sólo disfrutan los niños y nosotros a través de sus ojos, porque nuestra inocencia ya tiempo ha que la perdimos, las ilusiones no siempre se cumplieron y los sueños, pues eso... sueños son.

Título de la foto: Lluvia de estrellas.

4 comentarios:

  1. Te ha quedado chula, me gusta la intención y el resultado, felicidades y mis ánimos en tu proyecto.

    Un abrazo.

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  2. He visto tu blog...entero, me fijé en la fotografía tuya...a grandes rasgos te digo que te has ganado una admiradora...gracias por este momento amigo!!!

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  3. Muy buena Andres! ja ja.
    Yo hoy me he olvidado el coche fuera del garaje y ¡venga! a rascar escarcha.
    En mi pueblo es normal.

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  4. Hoy llego yo por aquí ... justo a la lluvia de Perseidas cargadas de ilusiones. Que buen momento para llegar. Me ido recorriendo tu reto-proyecto y he llegado hasta tu entrada-presentación.
    Buen trabajo el realizado hasta ahora Andrés. Mucho ánimo con el tema porque es muy bonito, pero ciertamente muy trabajoso.
    Un saludo.

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