jueves, 10 de noviembre de 2011

Día 13/365


¿A nadie le entran unas ganas enormes de subirse a un columpio cuando pasa por delante de un parque y ve que no hay nadie? ¿A nadie le ocurre esto?

A mí sí. Cuando veo que el parque está vacío, que no hay nadie que me pueda ver, me tengo que reprimir las ganas de entrar y subirme al columpio y empezar a mover las piernas para subir cada vez más alto, casi "hasta el infinito y más allá".

Recuerdo que de niño había un parque que por supuesto ya no existe, como otras muchas cosas de aquellos ya lejanos días, en el que había unos columpios de hierro (antes no pasaba nada si nos caíamos y nos abríamos la cabeza contra el cemento, porque allí no había ni arena) que incluso podían dar la vuelta completa, 360º de pura adrenalina.

No eran pocos los que intentaban la hazaña de dar esa vuelta completa, esa vuelta mágica que situaba a quien lo conseguía un peldaño por encima de aquellos otros niños que no eran lo bastante valientes (temerarios e irresponsables diríamos ahora) para intentarlo y, sobre todo, a conseguirlo. Tampoco eran pocos los que fallaban en el intento; los más afortunados sólo perdian su dignidad al bajar avergonzados por no haber sido capaces de conseguirlo pero otros, menos afortunados, terminaban estrellándose contra el suelo de cemento con todas sus consecuencias, desde unas simples magulladuras y arañazos hasta la rotura de algún hueso por una mala caída o una brecha en la cabeza que requería de puntos, lo que en definitiva terminaba también convirtiéndose en una herida de guerra digna de ser admirada y envidiada.

Realmente lo que echo de menos no son los columpios, es mi niñez.

Título de la foto: El columpio.

1 comentario:

  1. Casi dan más ganas de subirse a la sombra que al real.

    podi-.

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